Carta a un costalero
Ya faltan pocos minutos. Has tenido que esperar más de 365 días para volver a vivir este deseado momento. ¡Qué nervioso estás! Te apoyas sobre el costero, observas como un compañero habla con otro; si no el que permanece callado, en silencio, con la mirada perdida; o el que no se puede quedar quieto y va de un lado a otro pero sin saber a dónde va.El nuevo nervioso porque es su primera vez, y el veterano más nervioso aún porque sabe qué es lo que le espera; que es una noche cargada de emociones y sentimientos. Este es el ritual que año tras año se repite cada atardecer del Jueves Santo.
Vuelves a mirar el reloj, y las agujas apenas se han movido, y te preguntas -¿Por qué el tiempo se ha detenido?-, ¿Qué es lo que pasa?-, ¿Será que mi reloj no funciona?- Mientras vas pensando en preguntarle a un compañero si su reloj marca la misma hora que el tuyo te das cuenta de que son los nervios los que no te dejan en paz. Respiras hondo, y miras a tu alrededor. Puedes comprobar como los miembros de la Junta de Gobierno están ultimando todo para que nada salga mal en el último instante. Necesitas aire fresco. Vas a la puerta, y compruebas, poniendo cara de asombro, el gran gentío que está esperando en la calle. Te pones aún más nervioso. –“ Y este maldito reloj que parece que se ha parado”-
- ¿Estará bien sujeta la faja? Lo comprobaré de nuevo-. Haces y deshaces los nudos una y otra vez. -¿Salimos ya?-, preguntas al capataz. Él trata de tranquilizarte y te dice que en un par de minutos, mientras piensa –“y a mí ¿quién me tranquiliza?”-. –“Tengo que guiarlos bien en la salida, cuidado en los costeros, que los faroles no rocen la puerta. Al cielo cuando yo les diga, y no antes. Tengo que transmitirles serenidad. Todo saldrá bien.”-
Mientras, los nazarenos siguen llegando. Caras ilusionadas se les ve, y empiezan a preguntar:- ¿Dónde me pongo?, ¿Aquí está bien?, ¿Salimos ya?, ¿Encendemos las velas?
Escuchas las bandas tocar, señal que ya han llegado y todo está preparado para poder salir. Miras el reloj esperando que esa sea la última vez, y es entonces cuando oyes al capataz decir:- “Señores, nos vamos”-. El padre nuestro empieza a sonar, mientras que tres golpes secos no te dejan ni pensar, la puerta se ha comenzado a abrir, el corazón se te acelera, y tus piernas no paran de temblar.
Pero antes de que te vayas déjame que te diga un par de cosas. Eres un privilegiado por llevar esas queridísimas imágenes sobre tus hombros, y si no lo crees así piensa a cuantas personas les gustaría estar en nuestro pellejo, es por eso por lo que sienten una envidia sana al verte. Si eres costalero es porque has querido, nadie te ha obligado a ello, así que comportate a la altura de las circunstancias. Esto no es una fiesta ni una feria; es el encuentro más mágico y amargo de la historia, que tienes la fortuna de vivirlo en primera persona. Jesús Nazareno y la Virgen María se merecen un gran respeto de tu parte, y que sepas guiarlos, acompañarlos, estar en este duro recorrido con ellos. Que compartas sus sentimientos, que te pongas en su lugar, y que a la vez seas su luz, su consuelo, su esperanza.
Ahora sólo me queda decirte que salgas ya a la calle, que toda Herrera te espera. Recuerda, no defraudes a quien llevas sobre tu costal, ten una buena estación de penitencia, y por lo demás, que sean ellos quien te guíen.